Ese conflicto eterno entre el ser y el deber ser se ve representado en las intenciones humanas, en su vida cotidiana, en el actuar de unos frente a otros y en su intimidad personal que puede llevarlos a vivir en sociedad o a ser excluidos de ella, dialéctica que resolvemos la mayoría y a pesar de todo el entramado criminalizante o victimizante que nos rodea, optamos por lo primero como producto de la adición circunstancial de innumerables factores. Particular atención merecen aquellas mentes que producto de la erudición, el análisis o la cotidiana observación percibida con todos sus matices, que nutren nuestra realidad penitenciaria y que llega a sus conciencias por ósmosis social del sentir, del vivir más que por el saber teorizado, encajonado y dosificado.
Con esfuerzos que buscan enlazar, formular o explicar al interesado o al necesitado de conocer la mecánica honesta de las estructuras legales y administrativas de un sistema carcelario, va este documento como instrumento de reflexión, estudio e información que busca aportar a la transformación de estereotipos, ideas doctrinales y sobre todo sentido al positivismo clásico de la vida penitenciaria en Guatemala.
Encontrarnos en los albores veloces y voraces del siglo XXI no nos garantiza de ninguna forma la transfiguración hacia esa utopía penitenciaria reflejada en el desarrollo de instituciones como el Régimen Progresivo, motor intencional que prevalece en la Ley 33-2006; se hace lejana, aun con andares importantes como la instauración de la Ley del Régimen Penitenciario, a pesar de la existencia de los profetas de la fatalidad y de esa triste realidad que nutre la opinión que expresa que dicha ley ha nacido muerta, opinión de unos, oportunidad de otros que creen en el hombre y en su factibilidad. Esta percepción nos da clara referencia a las buenas, innovadoras, intenciones de esas mentes humanitarias que intentan con la ley y desde ley transforman paradigmas, pero a esto no podemos negar que le existe su polo de tensión, aquellos que siguen en el mundo medieval de la punición, del castigo, del terror como medio insaciable de purgar las penas.
Aun no son suficientes los que piensan y saben que es deber social primario prevenir y cuando esto no alcanza reeducar, resocializar al individuo que por una u otra razón calló en prisión. Buscar a toda costa la aceptación privada de los elementos que lo llevaron a la condición de privado de libertad y desde ese sustrato personalista edificar la transformación desde su yo profundo de los patrones que lo llevaron a delinquir, de inmediato se puede y se admite que hablamos de un ser que ya está formado pero que en su sustento social no puede ignorarse los procesos reconstructivos de los cuales estamos llenos como producto del aprendizaje constante al cual estamos sometidos y que nos llega a poder compartir que “El hombre es un ser perfectamente perfectible” y para ello se aporta desde este espacio gráfico y desde el trabajo cotidiano de cientos de personas que creen en lo que hacen más allá de todas las limitaciones con las que se encuentran en el día a día.
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