¿A quién le interesa que las cosas sean como son dentro de las estructuras de seguridad y justicia en Guatemala y particularmente dentro del Sistema Penitenciario?
Le podemos llamar “crimen organizado”, claro si se apega a la definición que requiere de una serie de elementos confabulatorios, mal intencionados, perniciosos, conspirativos criminales; o el simple funcionamiento de mentalidades individuales que se hacen nudos en la red de criminalidad que creen ciegamente que lo que hacen es lo correcto, de otra manera enfermos, personas comunes y corrientes que han desarrollado una sociopatía temporal y coyuntural en sus vidas y en las circunstancias que les toca vivir y en la cual encuentran, según ellos, quizá la única oportunidad de su vida en cuento a salir de pobres, y volverse miserables; o bien llenarse las venas de un sinfín de hormonas que corriendo por las venas y llegando a cada célula de su cuerpo les hacen vivir la ilusión de poder y gloria entre los congéneres. Su momento de gloria, su momento de “vida loca”, ese momento que los hace iguales a aquellos que en su descuidada escalada criminal y en cinismo absoluto están seguros que nunca, nunca su estilo de vida les pasará la factura, eso si aun dentro de la cárcel buscan actuar de la misma forma ahondando su sociopatía, no hay duda están enfermos y de eso no debemos olvidarnos. Enfermos unos enfermos otros. Bajo esa actitud sorda estas individualidades sin quererlo se convierte en parte de esa estructura criminal. Los llamados criminales de cuello blanco que se cobran a no más poder lo que creen que les corresponde por derecho, vaya sociopatía.
Y en este nocosomio ambulatorio hay personal que se la juega en el filo de la navaja de la demencia, de la sobrevivencia, de la salud mental; se la juegan en resiliencia absoluta.
Ahora el asunto… ¿de qué lado estamos? ¿Estamos acaso cegados y confiados que hacemos bien las cosas? Definitivamente no es suficiente lo que hacen los llaneros solititos, que en su afán purista son incapaces de coordinar, ceder o ser tolerantes ante las propuestas y sumar al liderazgo convincente de una propuesta institucional que funcione sin estremecerse en los cambios “políticos” del liderazgo. A tono de árbol de problemas podemos enunciar: a los cargo de los años se ha ido construyendo la cultura organizacional basada en el terror, ausencia de estructura funcional que permita realizar procesos sostenidos, monitoreables, jerarquía de poder volátil, tenue, voluble, circunstancial y casuista. Activismo que genera dispersión en lo que todo urge pero poco se concluye; desmotivación que genera resistencia, argucia y creación de atajos, se forman filias y fobias con grupos distintos y los menos apropiados, se deja en gran medida de ser profesional y si volutivo; algo cercano al desarrollo del Síndrome de Estocolmo y la apologización de la población reclusa que facilita desde dentro actividades y procesos no controlados o regidos por una propuesta institucional. Frágil liderazgo, sin mayor discurso disuasivo, convincente y coherente con la intención profunda del Sistema Penitenciario. Todo esto brinda una potencialidad para reconvertir procesos, una oportunidad para que desde lo individual se pueda aportar a ver las cosas desde otra óptica, con otra oportunidad.
Ahora, o en el mejor de los casos existe la oportunidad de potenciar a esas personas buenas que no saben como entrar en comunión con la intensión institucional, liderazgo fortalecido, que vigila, monitorea y apoya; que construye. Ese liderazgo que derrama credibilidad, fe y compromiso por lo que se hace respaldado y comprometido desde arriba, cuidando a su gente, amando a su gente.
¡Creo que se hace bien… porque lo hago bien!
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