martes, diciembre 30, 2008
Educar en el no olvido
Informar, difundir, explicar, profundizar en lo que hemos sido capaces de hacer a través de la historia y que encuentra explicación científica para nosotros que no somos dados a la investigación o simplemente no contamos con los recursos ni con la intensión de generar información y sobre todo conocimiento para que el futuro no patee de menos apasionada como hasta hoy lo hace y lo sigue haciendo. A mediados del siglo pasado se desarrolló un experimento que más parecía que fuera sacado de la enciclopedia nazi, o por lo menos eso pensaría cualquier mortal que dudaría de la posibilidad que de este lado del mundo se hiciera este tipo de experiencias controladas. Ahora cuando se repite el experimento Milgram; no nos queda más que insistir en no olvidar, en educar para no olvidar porque podemos ver consternados de lo que somos capaces de volver ha hacer, seguro que los primeros voluntarios en este experimento simplemente no serían crueles porque ahora entendería y tendrían control de sus acciones y simplemente no cuadraría entre sus intensiones causar dolor a un semejante, claro sin dejar de lado al que realmente está enfermo y no podría nunca dejar de hacerlo y hasta mejorarlo estaría en sus intenciones.
Cómo ya sabemos que nuestra historia personal y social la vamos construyendo y en nuestros genes está la información orgánica que nos potencia a lo que podemos ser y hacer no nos queda más que educar en el no olvido, no en la memoria repetitiva y absurda que aplica nuestra sistema hasta ahora, recordar con sentido, recordar con criterio, recordar para que no volvamos tras nuestros pasos ya herrados y nos encaminemos por senderos que nos eleven de los estados larvarios en los que nos siguen manteniendo y en los que muchas veces nos posamos cómodamente.
Pero me llena de esperanza saber que un porcentaje importante, 30%, de los voluntarios en el experimento, no seguían adelante con la tortura. Quizá ese sea el porcentaje que en la historia cuenta para no aniquilarnos, los que hacen la diferencia; los que dicen basta, los que arropan a los más desvalidos y violentados aun en las peores pestes sociales de aniquilamiento humano.
¡Qué tan cerca estamos de esa vivencia del día a día en Guatemala, qué pronto hemos olvidado y que pronto hemos retomado las prácticas violentas de nuestro pasado reciente! Quizá en realidad nunca lo dejamos de hacer y no hemos tenido el tiempo de educar en el no olvido, hoy son nuestro niños, nuestro adolescentes y jóvenes los que a ciegas copian patrones violentos de los adultos y los reproducen en versiones que me atrevo a describir como mejoradas.
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